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Sistema Seguro RVS 41ª entrega: #balancesiniestralidadRvS.

 

Novena propuesta: educación y formación en movilidad segura, también después de las aulas

La novena propuesta del año son contenidos formativos en seguridad vial. Llamémoslos «movilidad segura», a ver si conseguimos enganchar más, en las etapas universitarias y en el ámbito profesional, como herramienta de prevención de los riesgos asociados a la salud y al bienestar.

No es la primera vez que afronto este debate. Hace muy pocos días, precisamente, la #encuestaRvS trataba sobre este aspecto.

 

Y, en línea con su resultado, y porque insisto en que, ante problemas que no mejoran, hay que optar por acciones diferentes, mi apuesta era poner más el foco en la educación vial en la etapa universitaria y en los ciclos formativos de grado superior. Y añadía el largo periodo de actividad laboral como catapulta para una solución más integral.

Mucho se ha hablado de educación vial en el colegio. Recuerdo una charla que di a un claustro de profesores en la que hacía un repaso por los diferentes contenidos que la propia legislación había ido proponiendo a los centros escolares.

Es algo fundamental, en lo que coinciden muchos expertos: la importancia de la educación vial durante la Educación Primaria y la ESO, es decir, dentro del currículo obligatorio.

Aunque digamos que educamos en casa y formamos en los colegios, no cabe duda de que, en edades tan tempranas, el centro educativo constituye un soporte fundamental para la adquisición de hábitos de buena convivencia y de comportamiento responsable como ciudadanos.

Os puedo dejar para otro artículo una explicación sobre el devenir de la, en alguna ocasión, mal llamada «asignatura» de educación vial. Se trata de contenidos transversales que, con las sucesivas reformas educativas, han ido adquiriendo una presencia cada vez más definida dentro del currículo.

Os dejo una representación de las diferentes leyes educativas que hemos tenido hasta la actualidad.

 

 

 

 

Un asunto como la educación necesitaría tener un pacto social, algo que resulta complejo en estos momentos por razones obvias.

La educación vial existe desde hace décadas. Los que pertenecemos a la generación de los 50 o más años recordaremos aquellos primeros contenidos que recibíamos en la EGB.

La universidad y los ciclos formativos superiores

Está claro que, con la madurez, pasamos de una vertiente más educacional a otra más formativa. Parece lo mismo, pero no lo es. Por ejemplo, la DGT diferencia ambos conceptos y reserva la formación para la capacitación relacionada con el tráfico y la seguridad vial, dentro del planteamiento de la Estrategia de Seguridad Vial 2030.

Y, con esa madurez, podemos abordar contenidos diferentes de los habituales en la enseñanza obligatoria y el Bachillerato.

Por ejemplo, contenidos que permitan trabajar cuestiones como las fuerzas y las inercias implicadas en los siniestros, el cálculo de velocidades, la relación entre movilidad y salud, el uso seguro de la bicicleta, el comportamiento como usuarios de la vía o los beneficios de una movilidad con menores emisiones.

Con esa madurez también podemos abordar contenidos relacionados con el impacto económico de la movilidad, tanto en positivo, como factor de crecimiento, como en negativo, por los perjuicios que genera.

La inversión necesaria en infraestructuras, la creciente importancia de la tecnología y de la inteligencia artificial, las nuevas propuestas organizativas para las ciudades… También la movilidad como posible impulsora de la llamada España vaciada.

Sin duda, debe tener cabida también la parte legal y jurídica respecto de lo que implica una movilidad de este tipo: impuestos, tasas, seguros…

Y es clave que la población conozca lo que puede suponer el incumplimiento de determinadas normas penales y sus consecuencias económicas, incluida la posibilidad de que las compañías aseguradoras puedan reclamar al causante de un siniestro las indemnizaciones satisfechas, cuando concurran las circunstancias legalmente previstas.

No pensemos que, por contar con carreras vinculadas a la automoción —como las ingenierías—, al Derecho, a la Psicología y a tantos otros ámbitos, no sea necesario abordar también, como factor común de formación ciudadana, el reto de reducir una siniestralidad que sigue causando numerosas víctimas.

La concienciación y la sensibilización no pueden quedar únicamente en manos de las asociaciones de víctimas.

En el trabajo

Esos mismos contenidos y esa sensibilización pueden —y, de hecho, ya se tienen en cierta medida— trasladarse a la actividad profesional.

Más aún en el ámbito del trabajo por cuenta ajena en las empresas.

Los riesgos laborales viales tienen un peso muy importante dentro de la siniestralidad laboral, especialmente por los accidentes in itinere, y también por los desplazamientos realizados durante la jornada laboral.

Y no deberíamos acotar la formación al cosmético glosario de contenidos que se repiten año tras año, con la necesidad de justificar una determinada cuota de horas y obtener simplemente un certificado de asistencia.

Los contenidos que proponemos para universitarios y estudiantes de ciclos formativos superiores tampoco estarían de más en la etapa profesional.

Al mismo tiempo que hablamos de seguridad vial, podemos trasladar las bondades de la actividad física, la alimentación saludable y, en definitiva, de unos hábitos de vida que contribuyan a mejorar la salud y el bienestar.

Y podríamos crear un organismo o estructura de apoyo para pymes y profesionales independientes, que ofreciera determinados beneficios a quienes participasen en este tipo de formación, sin descartar que algunos contenidos pudieran llegar a establecerse como obligatorios.

Porque estamos hablando de prevención de riesgos.

En el tráfico, propios y ajenos.

Novena propuesta

Incluir en la Universidad, en los ciclos formativos de grado superior y en la actividad profesional contenidos obligatorios destinados a concienciar y sensibilizar sobre los riesgos viales.

No se trata simplemente de enseñar a circular.

Se trata de formar ciudadanos, profesionales y futuros usuarios de la vía capaces de comprender los riesgos de sus decisiones y actuar para evitarlos.

Porque la educación vial no debería terminar cuando termina la ESO.

La prevención tampoco.

 

 

 

 

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